El lenguaraz: curanderos, curanderas y otras yerbas

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Entre la gente de campo, el curandero o la curandera, eran las personas que se dedicaban a curar las enfermedades de sus semejantes en forma empírica, especie de médico pero sin estudios, y cuya palabra no era discutida pues poseían toda la autoridad en la materia. Su poder y conocimientos no eran tan sólo en lo “médico” sino que, también, obraban eficazmente en conflictos sentimentales y domésticos. Se les tenía mucha fe en el medio en que actuaban y eso hacía que aumentara constantemente su clientela.

Por lo general “curaban naturalmente”, es decir, sin remedios, más bien con “yuyos”, masajes, agua fría, etc.; de aquí que, el curandero que sólo empleaba hierbas para curar, recibía el nombre de Tatadiós.

No era menor la importancia que tenía en este mismo sentido la ‘curandera’, cuya actividad generalmente no era la misma que la del curandero, ya que su principal tarea era la de atender mujeres que precisaban sus servicios, y en menor escala algún empacho, culebrilla, ojeada, etc. Algunos curanderos realizaban las sanaciones exclusivamente por medio de palabras. Para ello era necesario que quien la practicare haya recibido dicho poder de su progenitor, al expirar. La “cura por palabras” podían consistir en oraciones recitadas al revés sin sufrir equivocaciones, insultos al diablo, etc., las cuales podían ser dichas en presencia del enfermo, sin que este las pueda oír, o bien en presencia de un familiar, ya que la cura podía efectuarse también a la distancia.

Otro que también abundó en nuestra campaña fue el “mano santa”, especie de curandero que tenía la “virtud” de producir “milagros” y sanar infinitas dolencias con sólo aplicar las manos sobre la parte afectada del paciente, pronunciando palabras rituales.

 

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