El lenguaraz: ¿A qué nos referimos con lo de Peña Folklórica?

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Encaminados ya en el “Historial de las Peñas folklóricas bahienses”, es propio aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de Peña ‘folklórica’.

En principio el término “Peña”, dentro de sus varios significados, lo definiríamos como ‘grupo de personas, amigos o camaradas, que participan conjuntamente, circulo de recreo, en fiestas populares o asociados a una actividad diversa (apostar, jugar a la lotería, cultivar una afición, fomentar la admiración a un personaje o equipo deportivo)’.

Lo de Peña ‘folklórica’ comienza a utilizarse durante el periodo que va desde mediados de 1940 a 1960 (anterior a ello se las conoció como Peñas nativas o nativistas o como Centros criollos, términos que aún perduran), y que tendrá dos connotaciones que coexisten hasta nuestros días: una referente a reunión ocasional de esparcimiento donde, espectáculo de por medio, se canta, baila y degustan platos típicos y la otra, la que a nosotros interesa contemplar y trabajar, es la que comienza a desarrollarse durante la década de 1950, en pleno Movimiento folklórico nacional, que inicia en 1948 con la creación de la Escuela Nacional de Danzas Folklóricas de Buenos Aires como proyecto integrante del Plan Quinquenal del primer gobierno peronista (1946/52), inaugurando así la profesionalización de la transmisión y difusión de las danzas folklóricas en su carácter de danzas nacionales, donde no solo se aprenden y practican las técnicas de éstas sino que se las estructura dentro de un contexto sobre su origen histórico, características de la región, tipo de vestimenta, etc., es decir, una manera de introducir al aprendiz en la idiosincrasia del pueblo y la geografía del país.

De aquí en más, Peña ‘folklórica’ de danzas, resultará para nosotros aquello y lo que Roberto Oña expresara en sus notas de Folklore del Fin de Semana, en el diario La Nueva Provincia, Domingo 9 de diciembre de 1990, pág. 4: “Peñas: crisol de voluntades:[…] En ellos, quedó de manifiesto el espíritu que anima a sus responsables en lo que repetidamente hemos señalado aquí, es decir, una profunda entrega vocacional […] Consiste aunque caigamos en reiterativos criterios, en el resultado de un esfuerzo generalmente anónimo, donde dirigentes amantes de la filosofía tradicional, se unen a la formidable predisposición que madres y padres aportan para el montaje integral […] Naturalmente las mayores limitaciones se centralizan en tiempo y dinero. Las horas que padres y chicos dejan en el folklore no son por ellos consideradas como tiempo perdido, sino como una inversión socio – cultural sobre el tema. Y los costos, las erogaciones a las que obligan los vestuarios, elementos, traslados y estadías, son los desafíos permanentes aceptados por gente que cree que vale la pena enfrentarlos para el premio que se desprende de una sonrisa en el arresto de una zamba […] Así pasó el año entre las peñas […] Con todo lo que conforma su mundo, ya en un escenario teatral, en un gimnasio o en una simple sala. Donde sea y como sea, el factor común fue la vivencia integral de esa sensación. La de sentir el folklore en cuerpo y alma. Con la pretensión de hacerlo lo mejor posible, pero sin que el rótulo cualitativo sea condicionador para el ejercicio de esa vocación. Si sale bien, fantástico. Caso contrario, no será por falta de voluntad y entrega, virtudes con las cuales a veces, se reemplaza la calidad”.

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